Cuidar sin amansar: el impacto de la aplicación de los criterios CHROME 2.0

«Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solamente como un medio«. Fundamentación de la metafísica de las costumbres, 1785. Immanuel Kant (1724-1804), filósofo prusiano de la ilustración

Introducción: el problema que nadie quiere nombrar

Qué es una contención química o farmacológica

Cuando pensamos en una sujeción, solemos imaginar barrotes, cinturones o arneses. Pero existe otra forma de inmovilizar a una persona que no deja marcas visibles: la contención química o farmacológica. Consiste en el uso de fármacos —principalmente antipsicóticos y benzodiazepinas— no para tratar un trastorno mental bien identificado, sino para reducir la actividad, la agitación o los comportamientos de una persona, a menudo por razones de comodidad organizativa, falta de personal o simple intolerancia ante conductas que resultan perturbadoras para el entorno.

Los criterios CHROME (CHemical Restraints avOidance MEthodology) son una metodología desarrollada por la Fundación Maria Wolff, definen la sujeción química como el uso de medicamentos en ausencia de síndromes neuropsiquiátricos bien definidos, o como prescripciones mantenidas durante períodos excesivamente largos, o que no responden al interés del paciente, sino a la conveniencia institucional, a las limitaciones arquitectónicas del centro o a la intolerancia hacia comportamientos reactivos o simplemente molestos. A esto se añade que, con frecuencia, estas prescripciones se realizan sin consentimiento informado del paciente, lo que compromete directamente sus derechos fundamentales.

La Instrucción 1/2022 de la Fiscalía General del Estado, que regula el uso de medios de contención en centros residenciales y unidades psiquiátricas, encuadra las contenciones farmacológicas dentro del ámbito de los derechos más básicos de la persona: libertad, integridad física y moral, intimidad y autodeterminación. La propia Fiscalía reconoce que el uso crónico de la sedación farmacológica es donde emergen con más fuerza los conflictos con la limitación de derechos.

El marco legal y ético: una protección que aún no llega a todas las personas

La Convención de Naciones Unidas sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad —ratificada por España en 2008— es el marco internacional es inequívoco: las medidas coercitivas, incluidas las farmacológicas, deben aplicarse únicamente como último recurso, con indicación médica expresa, con el menor grado de restricción posible y por el tiempo estrictamente necesario. El Comité de la ONU sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad ha llegado a señalar que estas prácticas, cuando se aplican de forma sistemática, son incompatibles con la prohibición de la tortura y los tratos crueles, inhumanos o degradantes.

En España, se extrapola la Ley 41/2002 de autonomía del paciente para aplicar la regla de que cualquier contención que no responde a una medida terapéutica científicamente refrendada, incluida la farmacológica, requiere consentimiento informado previo. En ausencia de capacidad para consentir, debe buscarse el representante legal. La normativa autonómica recoge mayoritariamente los principios de excepcionalidad, necesidad, proporcionalidad y temporalidad. Y sin embargo, la realidad cotidiana en muchas residencias dista mucho de estos mandatos. La Instrucción 1/2022 de la Fiscalía General del Estado nació precisamente para reforzar la vigilancia sobre estas prácticas y ha encomendado a los fiscales la inspección periódica de centros residenciales, sociosanitarios y unidades psiquiátricas.

El cambio conceptual que subyace a toda esta normativa es profundo: cuidar no es lo mismo que controlar. Contener no es prevenir ni tratar. El «buen cuidado», como recuerda la propia instrucción fiscal, no persigue eliminar el riesgo a cualquier precio, sino atender a la persona con el mayor respeto hacia su autonomía, su historia y sus preferencias.

Una práctica extendida: los datos de prevalencia

España presenta tasas de uso de contenciones —tanto físicas como farmacológicas— superiores a las de la mayoría de los países de su entorno. El Comité de Bioética de España ya señaló en 2016 que el uso de contenciones en nuestro país era más frecuente que en los países vecinos, y recomendó buscar siempre alternativas antes de indicarlas.

Los datos del estudio que nos ocupa son reveladores: en la situación de partida —antes de cualquier intervención— el 84,4% de las personas con demencia residentes en los centros participantes tenía prescrito al menos un psicofármaco, y el 76,7% tenía al menos un diagnóstico neuropsiquiátrico activo que supuestamente lo justificaba. Estas cifras no son una anomalía ni una excepción: son el reflejo de un modelo de cuidado que, durante décadas, ha recurrido al fármaco como solución principal ante el sufrimiento, la agitación o la tristeza de las personas con demencia.

La situación no es muy diferente en otros países. Estudios realizados en el Reino Unido, Canadá y Australia describen tasas de uso de antipsicóticos en residencias que oscilan entre el 18% y el 35%, y de benzodiazepinas que superan con frecuencia el 20%. Estas cifras coexisten con evidencia creciente de que muchos de estos fármacos aumentan el riesgo de caídas, deterioro cognitivo acelerado, problemas cardiovasculares y muerte.

Los criterios CHROME: del síntoma al síndrome

Para entender la importancia del estudio que presentamos, es necesario comprender qué son los criterios CHROME y qué los diferencia del enfoque habitual.

La práctica clínica habitual ante los síntomas conductuales y psicológicos de la demencia —agitación, ansiedad, insomnio, alucinaciones, tristeza— ha tendido históricamente a responder síntoma a síntoma: un fármaco para la agitación, otro para el sueño, otro para el ánimo. Este enfoque sintomático favorece la polimedicación y dificulta identificar cuál es el problema subyacente real.

Los criterios CHROME proponen un cambio de paradigma: pasar de prescribir sobre síntomas a diagnosticar síndromes. Un síndrome es una constelación de síntomas que se presentan juntos, tienen un sustrato biológico compartido y responden de forma más predecible a un tratamiento específico. CHROME define seis síndromes neuropsiquiátricos en la demencia: síndrome depresivo, síndrome ansioso, síndrome psicótico, síndrome impulsivo, síndrome maniforme y alteración del sueño. Para cada uno establece criterios diagnósticos precisos, opciones de tratamiento farmacológico basadas en la evidencia —y su nivel de evidencia— y, crucialmente, los casos en que no está justificado el tratamiento farmacológico.

El cambio que propone CHROME es, en esencia, este: de «varios síntomas, varios fármacos» a «un síndrome, un fármaco». Y aun así, solo cuando el paciente presenta sufrimiento o riesgo verdadero. La metodología incorpora también la definición legal de sujeción química y un sistema de auditoría externa que permite certificar a los centros que la aplican correctamente. Desde su primera publicación en 2016, CHROME ha demostrado en estudios previos que puede reducir de forma segura el uso de psicofármacos entre la mitad y dos tercios, sin consecuencias negativas para los síntomas ni para la calidad de vida.


CHROME 2.0 y el estudio que cambia las reglas del juego

Un paso más allá: de la incomodidad al sufrimiento

Tras la experiencia acumulada con los criterios originales, el equipo investigador identificó un problema de fondo: muchas residencias carecían de la expertise necesaria para ofrecer terapias no farmacológicas y adaptaciones ambientales como alternativa real al fármaco. Cuando el médico no tiene otra herramienta, acaba recetando. Y cuando el criterio para diagnosticar un síndrome es tan laxo como que el paciente muestre «malestar clínicamente significativo», el umbral de prescripción permanece artificialmente bajo.

CHROME 2.0 incorporó dos cambios fundamentales. En primer lugar, elevó el umbral diagnóstico: ya no basta con que el paciente muestre malestar; ahora es necesario que el médico pueda inferir sufrimiento. Una tristeza que solo genera incomodidad, sin sufrimiento demostrable, no justifica diagnosticar un síndrome depresivo ni prescribir un antidepresivo. En segundo lugar, incorporó de forma estructurada un programa de terapias no farmacológicas (TNF) y adaptaciones ambientales (AA) como primera línea de respuesta ante los síntomas neuropsiquiátricos, reservando el fármaco para los casos más graves o refractarios.

El estudio: diseño y participantes

El artículo publicado en JAMDA (Journal of the American Medical Directors Association) en 2026 bajo el título «CHROME 2.0 Reduces Psychotropic Prescribing, Improving Neuropsychiatric Symptoms and Falls in People With Dementia» , en el que he tenido el gusto de colaborar, presenta los resultados de un estudio observacional, prospectivo, de 13 meses de duración y cuatro cortes temporales, realizado en 10 residencias de una red, distribuidas por el este, el centro y el noroeste de España.

De los 673 residentes con demencia que participaron al inicio, 410 completaron el estudio —edad media de 87,2 años, 78,3% mujeres—, con estadios que iban desde demencia leve (22,7%) hasta demencia muy grave (13,9%). Las evaluaciones se realizaron antes de cualquier intervención (mayo de 2022), tras la primera ronda de formación y auditoría según criterios CHROME (agosto de 2022), tras la formación en CHROME 2.0 (marzo de 2023) y tres meses después de su implementación completa (junio de 2023).

Los médicos de cada residencia —diez en total— recibieron formación específica, fueron auditados por un psiquiatra experto del panel CHROME y trabajaron en equipos multidisciplinares junto a psicólogos y terapeutas ocupacionales. Los datos se extrajeron del software centralizado de gestión de cada centro, lo que garantiza su objetividad.

Los resultados: números que hablan por sí mismos

  • La prescripción de psicofármacos se redujo más de la mitad

Al inicio del estudio, el 84,4% de los participantes tenía prescrito al menos un psicofármaco. Al finalizar, esa cifra había caído al 39,8%: una reducción de más de 44 puntos porcentuales. La polifarmacia también se desplomó: mientras al inicio el 45,6% de los residentes tomaba dos o más psicofármacos, al final solo el 11,5% se encontraba en esa situación.

Las reducciones por categoría de fármaco son especialmente llamativas. Los antipsicóticos típicos —cuyo perfil de riesgo es el más preocupante— se redujeron en un 93,2%. Los hipnóticos no benzodiazepínicos cayeron un 90,7%, y las benzodiazepinas de vida media corta o intermedia, un 86,4%. Los antipsicóticos atípicos se redujeron un 67,6%, las benzodiazepinas de larga duración un 64,3% y los antidepresivos un 48,9%. No se registró ningún síndrome de abstinencia durante el proceso de retirada gradual.

  • Los diagnósticos neuropsiquiátricos también se redujeron drásticamente

La frecuencia de residentes con al menos un diagnóstico neuropsiquiátrico activo pasó del 76,7% al 36,1%. CHROME 2.0 tuvo un impacto especialmente notable en las categorías de depresión y ansiedad, que con frecuencia eran diagnosticadas sobre la base de síntomas leves o reactivos que no constituían síndromes clínicamente significativos.

  • Los síntomas mejoraron, no empeoraron

Este es quizás el hallazgo más importante y contraintuitivo del estudio: retirar los fármacos no hizo que los pacientes estuvieran peor. Todo lo contrario. La puntuación media en el Inventario Neuropsiquiátrico (NPI) —la escala de referencia para medir síntomas conductuales en la demencia— descendió de 16,8 puntos al inicio a 10,0 al final del estudio, con una diferencia estadísticamente significativa entre cada medición consecutiva.

Las alucinaciones mejoraron en un 69,5% de los casos, la apatía en un 64,0%, la depresión en un 59,1%, los delirios en un 59,0% y los síntomas relacionados con el apetito y la alimentación en un 57,5%. Todos y cada uno de los doce síntomas evaluados por el NPI mostraron mejoría a lo largo del estudio. Este dato es especialmente relevante porque la apatía —que mejoró de forma sustancial— tiende a empeorar de manera natural con la progresión de la demencia. Su mejora sugiere que los propios psicofármacos podrían estar contribuyendo al deterioro neuropsiquiátrico de los pacientes, en lugar de aliviarlo.

  • Las caídas se redujeron casi a la mitad

La frecuencia de residentes que sufrió al menos una caída en el mes previo a cada evaluación pasó del 11,5% al inicio al 6,6% al final del estudio (p<0,005). Este resultado refuerza una evidencia ya consolidada en la literatura científica: los psicofármacos, y en especial las benzodiazepinas y los antipsicóticos, aumentan significativamente el riesgo de caídas en personas mayores. Reducirlos es, también, una intervención de seguridad del paciente.

  • El ahorro económico: una intervención coste-efectiva

El coste mensual en psicofármacos por cada 100 personas con demencia se redujo de 6.506 euros a 2.429 euros, lo que supone un ahorro del 62,7%. Frente a eso, el coste total de la intervención —formación, auditoría, implementación— fue de apenas 1.750 euros por residencia para todo el período del estudio. La formación se realizó íntegramente dentro del horario laboral habitual, sin necesidad de ampliar plantillas ni contratar personal adicional.

  • Las terapias no farmacológicas como protagonistas

Durante la fase CHROME 2.0, el 50% de los residentes recibió adaptaciones ambientales individualizadas: acostarse más tarde, paseos adicionales, ubicación en salas más tranquilas, rutinas de alimentación personalizadas, eliminación de desencadenantes conocidos de conductas problemáticas o provisión de figuras de apego emocional. El 76,1% participó en al menos una terapia no farmacológica estructurada. Estas intervenciones fueron planificadas por equipos multidisciplinares formados por médico, psicólogo y terapeuta ocupacional.

Lo que esto significa

Las conclusiones se reflejan explícitamente: la sobreprescripción de psicofármacos en residencias no es un fenómeno inevitable. Es, en gran medida, el producto de una cultura que sobreestima lo que los fármacos pueden hacer y subestima lo que puede lograr el acompañamiento humano, el entorno adaptado y las intervenciones psicosociales.

Aplicar los criterios CHROME 2.0 trasciende la aplicación de una buena práctica clínica, para dar cumplimiento a una exigencia ética y legal. Medicar a una persona mayor con demencia para que esté quieta, para que no moleste, para compensar la escasez de personal o la ausencia de programas de actividad no es un acto terapéutico: es una sujeción química. Y como tal, vulnera derechos fundamentales reconocidos en la normativa española, europea e internacional.

El hecho de que las 10 residencias del estudio permanecieran libres de sujeciones físicas durante todo el período —y que los síntomas mejoraran a pesar de la reducción de fármacos— demuestra que el modelo centrado en el fármaco y el modelo centrado en la persona no son igualmente eficaces. El segundo, además de más humano, funciona mejor.

Os invito a leer el artículo, que es fruto de un trabajo realizado con mucha ilusión: Olazarán J, Perea L, Rigueira A, López-Álvarez J, Muñiz R. «CHROME 2.0 Reduces Psychotropic Prescribing, Improving Neuropsychiatric Symptoms and Falls in People With Dementia.» JAMDA 27 (2026) 106093. Publicado por Elsevier Inc. en nombre de la Post-Acute and Long-Term Care Medical Association.


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